VII Domingo de Pascua: Solemnidad de la Ascensión del Señor

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Hoy, 17 de mayo, Séptimo Domingo de Pascua, la Iglesia universal celebra la Solemnidad de la Ascensión del Señor Jesús al Reino de los Cielos.

Cristo corona su victoria elevándose por entre las nubes cuarenta días después de haber resucitado. Deja, pues, este mundo para volver al Padre.Dicho acontecimiento –hay que recordarlo siempre– no debe ser entendido como que el Señor deja abandonados a aquellos que lo han seguido. Todo lo contrario. Jesús vuelve al Padre, sí, pero ha de enviar muy pronto al Espíritu Santo, el Paráclito, para que interceda por los hombres y fortalezca a todos los llamados a proclamar el Evangelio.

Con la Primera Lectura: “Galileos, ¿qué hacéis mirando al cielo?” (Hch 1, 1-11)La Ascensión del Señor cierra el ciclo redentor que empezó con la Encarnación del Verbo. Jesús asciende al cielo habiendo redimido la naturaleza humana del pecado y la muerte, con lo que ésta queda elevada, en Él, a una nueva condición.El relato de los Hechos de los apóstoles (Hch 1, 1-11) encierra la promesa de la llegada del Espíritu Santo: “Dentro de pocos días ustedes serán bautizados con el Espíritu Santo”, consigna San Lucas repitiendo las palabras de Jesús, haciendo memoria del momento de la despedida.

Por su parte, los apóstoles aparecen desorientados una vez más, con una mirada chata en torno a lo que están presenciando: “Señor, ¿ahora sí vas a restablecer la soberanía de Israel?”. Jesús responde amablemente, centrándolos en lo verdaderamente importante: a ellos no les compete saber “ni el tiempo ni la hora” que el Padre ha dispuesto para eso. Más bien, les recuerda que el Espíritu Santo “los llenará de fortaleza y serán mis testigos en Jerusalén… y hasta los últimos rincones de la tierra”. Dicho esto, sube al cielo, mientras los discípulos lo siguen con la mirada, contemplando cómo la figura del Maestro desaparece entre las nubes. ¡Cómo cerrar los ojos ante la gloria patente! ¡Cómo dejar de mirar hacia donde ya no hay más promesas, porque todo está cumplido!.De pronto, dos “hombres de blanco” -unos ángeles- irrumpen en medio del éxtasis y hacen que los testigos del portento vuelvan los ojos hacia “abajo”, a la tierra, hacia la realidad que habrán de enfrentar a partir de ese instante: “Serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta los últimos rincones de la tierra” (Hch 1, 8), había dicho el Señor.

VII Domingo de Pascua: “Enseñen a todas las naciones”La lectura del Evangelio está tomada del relato de San Mateo (Mt 28, 16 – 20). En este pasaje Jesús se aparece en un monte frente a los discípulos. Algunos de ellos son presa del temor y las dudas aún cuando han sido testigos de los más grandes portentos. Y es que la debilidad humana siempre está presente.Es justamente en esas circunstancias donde Jesús aprovecha para explicitar cuán grande es su poder, cuán grande es la misión a la que están llamados los apóstoles y que no hay espacio para el desánimo o la melancolía: “Enseñen a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Dios Uno y Trino estará con nosotros siempre –no a ratos– “hasta el fin del mundo”.

Hay que anunciar y dar testimonio de Cristo sin temor.Hace más de veinticinco años, San Juan Pablo II reflexionaba en torno al pasaje del Evangelio de hoy: “… Nos lleva de Jerusalén a la región septentrional de Galilea, a un monte. Allí tiene lugar una epifanía de Cristo, en la que el Resucitado se revela a los Apóstoles (cf. Mt 28, 16-20). Se trata de un solemne acontecimiento de revelación, reconocimiento y misión. En la plenitud de sus poderes salvíficos, él confiere a la Iglesia el mandato de anunciar el Evangelio, bautizar y enseñar a vivir según sus mandamientos.

La Trinidad emerge en esas palabras esenciales que resuenan también en la fórmula del bautismo cristiano, tal como lo administrará la Iglesia: «Bautizad (a todas las gentes) en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo» (Mt 28, 19).” (P. Juan Pablo II. AUDIENCIA GENERAL, Miércoles 10 de mayo de 2000).

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