La religiosidad y la música son dos componentes esenciales de la identidad del pueblo correntino, que le otorgan un modo propio y distinto de ser con los otros y de estar en el mundo. La estrecha correspondencia entre esos dos rasgos nos está indicando que ambos tienen mucho en común. Pero empecemos preguntándonos de qué estamos hablando cuando nos referimos a la religiosidad y a la música, y por qué nos resulta tan espontáneo y familiar colocarlas juntas.
La religión nada tiene que ver con el individualismo o el aislamiento. Todo lo contrario, estamos ante un concepto que básicamente implica realidades como comunión, vínculo, pertenencia.
La música y la religiosidad son realidades producidas por el hombre, se presentan como una extensión de su naturaleza y de su modo de ser y de estar en el mundo. En todas la épocas y en todas las culturas, el ser humano produjo, si así podemos expresarnos, religiosidad y música.
Entonces, para comprender mejor el producto, detengámonos un momento en el autor que lo produce. Nos referimos obviamente a la persona. Lo primero que observamos en ella es que se trata de un ser en relación, es decir, esencialmente vinculado a otro. Y como nadie se da la vida a sí mismo, es espontánea la conclusión, estamos vinculados a Otro con mayúscula, a Aquel que nos ha creado.
El ser humano, como alguien esencialmente vinculado a otro, tiende necesariamente a comunicarse. Lo realiza mediante el lenguaje que se materializa en palabras y gestos. La persona tiene una estructura que podríamos llamar sacramental. Es decir que para comunicarse a sí misma necesita visibilizar su interioridad mediante signos. Los géneros de mayor perfección para visibilizar y comunicar el alma de una persona o de un pueblo son la poesía, el canto y la danza. Estos elementos están presenten en todas las culturas y en todas las religiones.
La misma estructura sacramental que utilizamos para comunicarnos con los otros la empleamos para comunicarnos con Dios. El ser humano está hecho para el encuentro con el otro, y esta esencial dimensión vincular que lo caracteriza no se agota en el encuentro que podríamos llamar horizontal, sino que clama por la dimensión vertical, que lo abre a la trascendencia.
El ser humano es relación y eso lo sabe muy bien Aquel que lo creó, por eso Él mismo se manifestó al hombre como relación, es decir como persona. Viene al caso recordar que la palabra «persona» significa «máscara» (prósopon), es decir representación, hacer visible a través de signos la propia interioridad, poder expresarse. En esa experiencia de salir de sí mismo y establecer vínculos con los otros, se fundamenta una cultura del encuentro. Esa cultura se expresa poéticamente y de un modo privilegiado en el canto y la danza de nuestros valseados, rasguidos dobles y chamamés.
Poesía, música y danza
La expresión religiosa estuvo siempre estrechamente vinculada a la música y al baile, a la poesía y al arte en general. La pregunta que nos podemos hacer ahora es a qué se debe la interconexión que se produce entre la religiosidad y la música. Una primera respuesta que podríamos ensayar es esta: la religiosidad exterioriza la realidad más honda de la existencia humana y la música -junto con otras expresiones artísticas- le proporciona los instrumentos más adecuados para poner de manifiesto esa realidad, la que no es posible definir ni codificar totalmente mediante el lenguaje conceptual.
Pasemos ahora a la música, que -como dijimos- está indisolublemente unida a la religiosidad.
Cuando decimos música, estamos incluyendo las demás expresiones vinculadas a ella, como son el canto, la poesía, el baile. Como podemos intuir, todas esas expresiones van más allá del pensamiento lógico e intentan expresar mediante la comunicación simbólica las realidades más hondas y últimas de la existencia del hombre.
El saber científico, mediante la investigación y la aplicación del conocimiento, abarca un área importante de la realidad, pero es insuficiente para abordar los interrogantes más profundos de la existencia del hombre: la pregunta por su origen, su destino; por qué el sufrimiento, el mal, etc. Esos interrogantes son propios de la religión y de la ética. El lenguaje más apropiado para intentar expresar esas realidades últimas en palabras es la poesía, que luego se convierte en canto, en música, en baile y en otras expresiones artísticas. Por eso, con razón se dice que la oración es la expresión más bella y más profunda del ser humano. En ella se manifiesta la totalidad de la persona: cuerpo y espíritu, inteligencia y corazón.
Razón y canto
Aquello que no se puede definir, medir y calcular está más allá de la razón, pero no necesariamente en contra de ella. Hay realidades profundas de la existencia humana que no se dejan aprisionar por los estrechos límites que brindan los conceptos. Estos no logran dar una respuesta suficiente y satisfactoria a los aspectos más hondos de la vida del ser humano.
Sin embargo, el ser humano necesita poner nombre a esas realidades, aún cuando solo alcance a hacerlo de un modo aproximado mediante un lenguaje simbólico. Este lenguaje abre ventanas, descorre velos, señala horizontes. Es el lenguaje del amor, de la reciprocidad y de la alteridad. La religiosidad se expresa a través de este lenguaje. De allí nacen las oraciones, los cantos, los bailes, los poemas religiosos y otras expresiones artísticas como la arquitectura, la pintura, el teatro.
El canto correntino, en todas sus variables, favorece una cultura del encuentro basada en el respeto por la dignidad del otro; reconoce, valora, corteja y se alegra por la diferencia y complementariedad entre el varón y la mujer, canta a la belleza de la mujer y al coraje del varón; la mujer además de ser la compañera fiel, es madre y es abuela; aparece con frecuencia el cuidado y la protección de la propia familia, donde siempre cabe uno más; se exalta la fraternidad, la hospitalidad y la solidaridad.
Se valora la sobriedad de vida y el trabajo para el sustento; se promueve la justicia que se le debe al pobre y se cultiva un especial e intenso sentido de fiesta, lo cual pone de manifiesto un corazón agradecido y alegre, aún en medio de las penurias por las que se atraviesa cotidianamente.
Todo esto le da peso, gravedad, consistencia; en una palabra: identidad, la propia de la religiosidad y la música del pueblo correntino.
Andrés Stanovnik