La fe no reemplaza el esfuerzo, lo sostiene, junto al Pueblo.

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VirgenLujan

Cada cuatro años, el país se detiene. Las calles se vacían y millones de corazones laten al mismo ritmo: juega la Selección. Pero junto a esa pasión inmensa, emerge otra realidad profundamente nuestra: la fe.

En el rincón de cada vestuario, lejos de las luces y las cámaras, descansa un pequeño altar con la Virgen de Luján. No es una puesta en escena; es un gesto silencioso que acompaña al plantel desde hace años. Ese altar nos recuerda que, aun en el escenario más importante del mundo, el talento necesita humildad y el esfuerzo necesita esperanza.

La victoria nunca depende solo de las propias fuerzas.La Virgen está ahí. Como desde hace casi cuatrocientos años acompañando a sus hijos.Por eso, ver a un jugador hacer la señal de la cruz o a un fiel rezar desde su casa no es superstición. Es la expresión de un pueblo que pone sus alegrías y sus miedos en manos de Dios. Porque la fe no reemplaza al esfuerzo, lo sostiene. En el fútbol, como en la vida, nadie tiene el resultado asegurado; cuando el control humano termina, nace la oración. No para pedir privilegios, sino para confiar.Desde su Santuario, nos alegramos con la Selección y agradecemos el ejemplo de los jugadores que expresan su fe sin vergüenza.

Pero nuestra oración va más allá de los noventa minutos: pedimos que la pasión nunca sea violencia y que el deporte sea un puente de encuentro.Si nos toca levantar la Copa, la alegría será inmensa. Si el camino termina antes, la Virgen nos seguirá esperando con el mismo amor. Porque los campeonatos pasan y las estrellas se cosen en la camiseta. Pero hay una estrella que jamás deja de iluminar a nuestro pueblo: la certeza de saber que María de Luján es la Madre que camina siempre con nosotros.

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