Hoy la Iglesia Católica celebra el Día del Catequista
A los catequistas, en su día
¡Ha llegado, otra vez, el «Día del Catequista»! Prácticamente todas las categorías humanas, todas las ocupaciones y oficios tienen su «día» en nuestra sociedad; un «día de…» con la correspondiente celebración, con felicitaciones, regalos y el feriado con vigencia en la corporación o sindicato que en esa ocasión señalada se festeja a sí mismo. Quizá la intención implícita en esta costumbre que se ha ido extendiendo es que de ese modo la comunidad toda reconozca la utilidad, las bondades de la función que cumple el sector designado por el almanaque en ese día; esto nos permite recordar de cuántos servicios necesitamos en la compleja vida moderna, y que los aportes al parecer más sencillos, más humildes, tienen sentido, contribuyen a la buena marcha de las cosas, a la armonía y perfección del conjunto. Hasta en la Iglesia se ha introducido esta observancia, y así tenemos «días» del diácono, de los sacerdotes, del párroco, del obispo, del seminarista… y no sería extraño que haya surgido ya a estas horas otro «día» de alguien, para completar esta enumeración.
¿Por qué habría de faltar el «Día del Catequista»? No podía faltar, en verdad, porque la tarea del catequista, la misión que desempeña, se refiere a un elemento constitutivo de la naturaleza de la Iglesia como es el servicio de la Palabra de Dios, la evangelización, la educación en la fe del pueblo cristiano. Con toda razón, pues, celebramos este día, el nuestro, para manifestar la alegría de ser catequistas, para compartir nuestra acción de gracias, para renovar nuestros propósitos de fidelidad y entrega a esta tarea exigente, apasionante, tan necesaria hoy como siempre, más necesaria hoy que nunca.
Esta fecha -en la cercanía de la memoria litúrgica de San Pío X- tiene un significado especial, porque los primeros desarrollos, el incremento temprano de la pastoral catequística entre nosotros están vinculados a las decisiones de aquel gran pontífice. Él privilegió singularmente la catequesis sobre otras formas de comunicación de la fe que exhibían en su tiempo lustre exterior pero demostraban escasa eficacia pastoral. Contamos en La Plata con una preciosa tradición, iniciada en los orígenes de la diócesis, que perdura y se actualiza en la actividad de nuestra Junta Catequística; cada año, en este día, felicitamos a quienes han completado el ciclo de formación y están en condiciones de recibir el mandato del obispo y de incorporarse al orden diocesano de los catequistas.
En la actualidad la Iglesia insiste con una recomendación: la catequesis debe ser siempre una enseñanza elemental pero a la vez sistemática, orgánica y lo más completa posible; en suma, una iniciación cristiana integral (Catechesi tradendae, 21). Las verdades de la fe constituyen un orden armonioso y bello en el que se articula la revelación divina. Podemos señalar tres núcleos esenciales que es preciso transmitir con claridad doctrinal para que se los reciba con adhesión de amor.
El primero es el misterio de Dios uno y trino; no la idea más o menos confusa de un Dios lejano, impersonal. Tampoco la noción incompleta, sesgada, que se encierra en la respuesta «es mi Padre», que se oye con frecuencia cuando se le pregunta a un niño quién es Dios; no sabe decir más, porque ignora u olvida la relación con el Hijo y el Espíritu Santo y por consiguiente el misterio del Dios vivo. Sin la referencia trinitaria no podemos reconocer a Dios como nuestro Padre en sentido propiamente cristiano. El segundo núcleo afirma la centralidad de Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, es decir, la encarnación del Hijo y su misterio pascual y por tanto nuestra salvación mediante la fe en él. Y el tercero es el misterio mariano de la Iglesia; en ella se percibe y confiesa la acción del Espíritu que obra en los sacramentos de la fe, plasma la comunión de los fieles y hace posible su cooperación con el designio salvífico de Dios, a semejanza e imitación de María, madre y servidora del Señor.
El conocimiento de la fe contenido en estos tres núcleos tiene, obviamente, una repercusión vital. La finalidad de su transmisión en el proceso catequístico es que, a partir de tales convicciones, los cristianos asuman con decisión y gozo su identidad como hijos de Dios adoptando el programa de vida que Jesús señala como camino de salvación. No es ésta una opción estrechamente moralista, sino la respuesta dócil al Espíritu Santo, la búsqueda de coherencia de la propia libertad con la gracia que tiene su fuente en la liturgia; se concreta en el propósito, siempre renovado, de abrazar los mandamientos del Señor, todos ellos, que se resumen en el doble precepto de la caridad. Corresponde a la catequesis educar en la vida cristiana, preparar y acompañar una inserción activa en la comunidad eclesial. Lo que el catequista debe disponerse a transmitir es una sabiduría, la sabiduría cristiana que ilumina, purifica y enriquece la inteligencia y el corazón, que habilita para gustar las cosas de Dios -para gustar qué bueno es el Señor- y que inclina al testimonio, al compromiso en la misión.
Se puede decir entonces que la finalidad de la catequesis es llevar a los hombres a la plena aceptación de Jesucristo, Sabiduría de Dios, a la unión personal con él. Y asimismo puede afirmarse que el fin del itinerario catequístico está en la Eucaristía, centro y cumbre de todos los misterios; en la recepción de la Eucaristía, sacramento de la fe, y en la vida eucarística consiguiente se concreta la aceptación de Jesús como Salvador. Habitualmente el ejercicio de la tarea catequística se identifica, en buena medida, con la preparación de los bautizados -y confirmados- para completar su iniciación cristiana en la primera recepción del sacramento del cuerpo y sangre del Señor.
En los domingos precedentes, la proclamación litúrgica del Evangelio nos ha permitido meditar otra vez el discurso pronunciado por Jesús en la sinagoga de Cafarnaún. En ese texto del capítulo 6 de San Juan Jesús se presenta a sí mismo como el pan de vida, el don vivificante de Dios que ha de ser asimilado -comido- por el hombre para alcanzar la vida verdadera. Los galileos que escuchaban al Señor no quisieron aceptar que la salvación propia, y la salvación universal, proviene de la entrega que hizo de sí mismo el Hijo de Dios para cumplir el designio del Padre; se negaron a depender de Jesús, de su mediación, para obtener la vida. Acabamos de escuchar el pasaje culminante de ese discurso, llamado por los intérpretes discurso «del pan de vida». Las expresiones que señalan la necesidad de atender al llamado y ceder a la atracción del Padre para ponerse en seguimiento de Jesús, que invitan a comer la carne y beber la sangre del Hijo del hombre -carne y sangre designan a la persona misma- equivalen a decir que es preciso aceptar por la fe a Cristo como el Hijo de Dios hecho hombre que se ha dado a nosotros en la muerte de cruz para que podamos participar de la vida divina. El Resucitado es la fuente de esa vida y el sello de nuestra adhesión de fe a Cristo es la recepción de la Eucaristía; en ella se consuma nuestra inmanencia recíproca con él: Cristo en nosotros y nosotros en Cristo; como él vive por el Padre, nosotros vivimos por él. La misión del catequista implica la delicada tarea de suscitar una fe viva en la conciencia de los cristianos, ilustrarla convenientemente, mover sus corazones y acompañarlos en su marcha hacia un encuentro pleno con el Señor, hacia ese encuentro que se hace amistad en la praxis eucarística.
Los trabajos catequísticos que se cumplen entre nosotros van dirigidos sobre todo a la educación en la fe de los niños y adolescentes, tanto en los ciclos de iniciación desarrollados en nuestras parroquias y capillas como en el ámbito escolar. Ahora bien, todos conocemos por experiencia que en este sector nuestros esfuerzos deben enfrentar dificultades muy serias y específicas impuestas por un contexto cultural desfavorable. La situación concreta que se vive en nuestros barrios, con los graves problemas familiares, la pobreza muchas veces extrema, las miserias morales, la difusión masiva de opiniones aberrantes que se aceptan sin crítica, las atracciones y modas que alienan a los jóvenes y los empujan a vivir como si Dios no existiese, configuran un clima que penetra tempranamente en el mundo infantil con una fuerza capaz de neutralizar la acción catequística. Ésta, por su parte, procura que la fe bautismal depositada en aquellos pequeños corazones surja plenamente a la luz de la conciencia y se torne opción personal de vida cristiana. También salta a la vista, muchas veces, que faltan en los niños datos, hechos, realidades de educación elemental, valores previos a la fe que eran transmitidos en el seno de la familia o se adquirían en la normal convivencia social y que servían de preámbulo a la proposición del mensaje evangélico. Esta carencia exige un esfuerzo redoblado por parte del catequista, una paciencia y un amor a toda prueba. La educación en la fe, superando esas rémoras, tiene que ayudar a las nuevas generaciones a redescubrir dotes preciosas de humanidad, a recuperar el auténtico sentido de la dignidad humana. Será bueno, a este propósito, recordar las líneas básicas para la catequesis de los adolescentes que expuso Juan Pablo II en su exhortación apostólica Catechesi tradendae: la revelación de Jesucristo como guía, amigo y modelo, admirable y sin embargo imitable; la revelación de su mensaje que da respuesta a las cuestiones fundamentales; la revelación del plan de amor de Cristo Salvador como encarnación del único amor verdadero y de la única posibilidad de unir a los hombres (íb. n° 38); estos datos fundamentales, y sobre todo el misterio de la muerte y resurrección del Señor podrán hablar a la conciencia de los adolescentes para arrojar una luz sobre el mundo que van descubriendo y sobre sus primeras experiencias y sufrimientos.
Las circunstancias en las que debe ejercitarse actualmente la función catequística exige de todos los que están empeñados en ella una continua preparación que se apoye en una vida espiritual profunda y en un fuerte sentido eclesial. ¿Cómo sería posible, sin estos recursos, sostener con diligencia y celo apostólico, sin desánimo, una tarea erizada de obstáculos y expuesta muchas veces a la incomprensión o a la indiferencia de quienes deberían apreciarla? Hace falta también mucha lucidez para adaptar la explicación de las verdades cristianas, sin tergiversarlas, a la comprensión de catecúmenos que por lo general no traen consigo el bagaje tradicional de cultura cristiana ni la memoria familiar de una fe expresada en algunas formas sencillas de piedad.
San Pío X, en su encíclica Acerbo nimis, dedica a la preparación de los catequistas un párrafo en el que se advierte el valor que atribuía a su misión y el aprecio que le dispensaba. Al parecer, a comienzos del siglo XX estaba a la orden del día un género de predicación retórica, grandilocuente e insustancial, que provocaba la admiración de los oyentes pero dejaba poco fruto. El Papa está pensando en los sacerdotes, encargados regularmente entonces tanto de la homilía como de la catequesis, y lamenta la deformidad pastoral en que se incurría. A propósito dice: es más fácil hallar un orador que hable con abundancia y brillantez que un catequista cuyas explicaciones merezcan en todo alabanzas; por mucha facilidad de formar conceptos y de expresarlos con que le haya dotado la naturaleza, nadie hablará bien de las cosas de la fe y alcanzará fruto en el pueblo y en los niños si antes no se ha preparado y ensayado mediante seria meditación.
Seria meditación puede entenderse del estudio, de una preparación doctrinal y pedagógica emprendida como decisión personal y continuada en equipo, en colaboración con los colegas; pero se trata de un estudio que necesita aquilatarse en la oración, en el trato íntimo con Cristo y con el maestro interior que es el Espíritu Santo. La fuente que alimenta e inspira la preparación del catequista será siempre el amor, porque la consagración a esta tarea es un servicio exquisito de caridad.
Qué servicio mejor podemos brindar a nuestros hermanos que encaminarlos y acompañarlos por la ruta que conduce a la salvación? Es un oficio que debemos desempeñar con humildad y serena alegría, con la sencillez de quien da lo que, en realidad, no le pertenece, lo que a su vez ha recibido como un don a compartir. Lo que gratis hemos recibido, démoslo también gratis (cf. Mt. 10, 8), con la gratuidad propia del verdadero amor.
