Estos ataques a Israel cambiara mucho su realidad

Israel está en guerra, dicen en la clase política y la cúpula militar. No se trata de un nuevo operativo, de un nuevo round como los venimos conociendo desde 2009 con Plomo Fundido en adelante. Aquí el Hamás ha pasado todas las líneas rojas, ha cometido una masacre. Han tenido éxito en su operativo. Ahora tendrán que lidiar con el precio de su éxito, que será muy alto.
En tanto, los muertos del lado israelí ya superan los 700, todos en el primer día (al 9 de octubre de 2023, cuando se escriben estas líneas). La mayoría de ellos, civiles: hombres, mujeres, niños, ancianos. La cuenta va a subir, porque también hay más de 3.000 heridos, muchos de ellos, en estado desesperante.
Y lo indescriptible: unos 150 secuestrados de sus casas y de las calles por el Hamás, número no final. Niños con o sin sus padres, jóvenes, incluso ancianos que necesitan sus medicinas para continuar con vida.
«Hamás ha pasado todas las líneas rojas. Ha cometido una masacre»
MARCELO KISILEVSKI
PERIODISTA EN ISRAEL
El ejército, en especial la fuerza aérea, ya ha comenzado a responder. Los poblados en torno a Gaza ya han sido limpiados de terroristas y el ejército pasa al ataque. Un edificio alto del Hamás en Gaza ya fue evacuado y volteado. 1.200 blancos ya han sido bombardeados. Recién ahí, entonces, algunos medios internacionales comenzaron a dar noticias. Pero de las miserias de algunos medios en el mundo -y de gente inmoral en las redes- no tengo ganas de hablar hoy.
¿Qué ha ocurrido aquí?
No se parece en todo al fracaso de la guerra de Yom Kipur en 1973, que tomó a Israel por sorpresa, aunque de otro modo. Por ejemplo, en el 73 hubo información de inteligencia previa sobre la guerra y muchos en la cúpula de Estado se negaron a tomarla en serio. Aquí, al parecer (cosa que se investigará), hubo una total falta de información de inteligencia preventiva de que algo así podía o estaba por ocurrir. Un punto de similitud con aquel desastre, sin embargo, es el derrumbe de una concepción. En 1973, esa concepción decía: «Después de la dura derrota de 1967, los países árabes no se atreverán a atacar a Israel nunca más».
Con respecto a los palestinos, la concepción que se derrumba ante nuestros ojos decía:
1) El conflicto con ellos no se puede resolver, sino administrar. El Hamás ha construido en Gaza una red de túneles. Para destruir toda esa infraestructura, los edificios e instalaciones sobre tierra y la que hay bajo tierra -de la que sabemos poco- habrá que pagar el precio de cientos de soldados israelíes caídos y muchos miles de palestinos muertos, entre terroristas y civiles. Las madres israelíes y la opinión pública internacional no lo tolerarán.
2) En el camino, «administrar el conflicto» implica dejar que el Hamás se arme y se sofistique cada vez más gracias a la tecnología y la financiación de Irán y de Catar. Nuevas amenazas (cohetes de mayor alcance, túneles terroristas, globos y barriletes incendiarios, disturbios continuos junto a la cerca) serán repelidos por las respuestas israelíes (el sistema Cúpula de Hierro, una cerca inteligente de 6 metros de altura seguida bajo tierra por un muro de concreto, también con sensores, de unos 30 metros de profundidad, etc.), así por toda la eternidad.
3) Hay que mantener vivo el Hamás, que gobierna Gaza desde hace ya 16 años, porque es «el mal menos peor», y ya tienen responsabilidad gubernativa por su propia población, así que no van a hacer locuras, más que las cíclicas ya conocidas con sus cohetes. Un Hamás vivo, fuerte para dominar la Franja de Gaza, pero débil para oponer una amenaza seria a Israel.
4) Esto -ya en el plano de la política israelí de palomas y halcones- permite tener un enemigo palestino dividido entre el Hamás en Gaza y el Fatah en Cisjordania. El Fatah, presidido por Abu Mazen, también debe permanecer en el poder, incluso con pulmotor, de modo de juntos poder mantener a raya al Hamás y demás organizaciones terroristas en Cisjordania. Mientras tanto, eso da coartada a los Gobiernos israelíes: no hay con quién hablar del lado palestino pues, como dijo Netanyahu, «¿Con quién hablar? ¿Con Fatah o con Hamás? Primero, que se unan», mientras él se asegura que nunca se puedan unir.
5) Así las cosas, mientras Israel está (estaba) tranquilo para atender la ampliación de la paz con el mundo árabe y ocuparnos de la amenaza estratégica real que opone Irán; eso permite relegar para siempre el asunto palestino para el que hay consenso en la calle israelí -y así lo demuestran las últimas elecciones y la coalición resultante en el gobierno- en el sentido de no avanzar a una solución basada en dos Estados. Incluso, para algunos, esta situación permitía soñar con la anexión de parte de Cisjordania, como ya ocurrió en 2020, en el contexto del Plan del Siglo, de Donald Trump.
6) Y así las cosas, podemos lidiar con enfrentamientos (operativos) cíclicos: 2009, 2012, 2014, 2021, etc., en los que desde Gaza recibiremos una andanada de cohetes, que obligará a Israel a emprender un operativo, cuya meta estratégica es «infrigir un duro golpe al Hamás y a la Jihad Islámica, que haga que no quieran atacar a Israel por muchos años»; así hasta la próxima vuelta, pero sin modificar siquiera en un milímetro el status quo ni esta dinámica por siempre jamás.
Pues bien: toda esta concepción, que llevó a israelíes y palestinos a cocinarse en sus respectivas salsas y a sus respectivas sociedades a radicalizarse cada vez más, ha estallado a Israel en la cara de un modo brutal. Hamás se venía entrenando para este operativo desde hace 2 años, sabiendo mantener el silencio de radio.
El trabajo ahora, sin duda, es atender la crisis inmediata, recuperar a los prisioneros, ganar la guerra. Pero hay otra crisis tan profunda, con tantas capas y aspectos, que llevará años superar.
El Gobierno de Israel se empeña en afirmar que «Gaza no será la misma después de esto». Es de esperar que así sea. Pero les faltó agregar que Israel tampoco.